Me
zambullo en la corriente pasando desapercibida hasta que comienzo a nadar,
me
decido a nadar a contracorriente,
a no dejarme llevar, prefiero luchar,
me
resisto y me impongo a seguir el rumbo de la pasividad.
Me
esfuerzo y no descanso, aunque en vano,
ya
que desisto y me convierto en otra más del sumiso rebaño.
Pierdo
la noción de mi identidad, de mi integridad,
mi
memoria me hace dudar y no recuerdo si era capaz de decir basta a la sociedad.
Me
resigno ante todo lo establecido,
ante
el pensamiento occidental de llevar una vida individual,
porque
una vez que te atrapa la conformidad de la rutina,
nuestros
cuerpos y mentes dócilmente sucumben al placer del bienestar.
Pero
no me adapto, me altera verlos a todos con el ‘oír, ver y callar’,
porque
mi ley universal son la libertad, la igualdad y la paz,
y esta realidad, no tiene nada que ver con mi verdad.
Es
complejo verse realizar estos principios de la humanidad,
es
complicada la vida, yo misma, que no simpatizo con la indiferencia,
y por esta inconmovible ciudad vago entre
las esquinas,
buscando
a alguien con quien compartir mi existencia entre experiencias aún no vividas.
Te
busco a ti, a una mente pensante y errante,
que
chille conmigo en las manifestaciones de estudiantes,
y me recomiende libros para la hora antes de acostarme.
Pido
mucho, quizás, alguien salvaje que me empuje en desfavor del curso,
que
me acompañe, incluso siendo adultos, en este incesante respirar.